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Cheescake de locura

Habíamos decidido aprovechar ese precioso sol de invierno que alegra estos limeños paisajes grises. 
Antes no podíamos dejar de ir al pediatra para que nos diagnostique infección de la garganta por segunda vez en el mismo mes. Y digo que nos diagnostique porque la enfermedad de un niño pequeño (en concreto de 3 años) la sufren también sus padres. Es imposible que no te duela un poco el pecho con el tosido persistente de la noche sin dormir.

Nos desperezamos lo que un sábado por la mañana lo permite (mucho sueño mucha sábana) y salimos. Luego de la consulta médica y compra de remedios, nos dispusimos tomar un buen desayuno en Scarletti (renombrado por nosotros como Chancletti). En el camino un jugo de fresas nos jugó una mala pasada, como también nos iban jugando una mala pasada todos los objetos y deseos de la niña: juguetes, zapatos, parque de juegos, jugo de fresas, que la llevemos en brazos, que le quitemos la chaqueta. Breves jaloneos, convencimientos, promesas, amonestaciones, imposibles lloriqueos, amenazas (sobre todo de la niña) alejamientos y las miradas de los transeúntes (mirada de "pobrecita", mirada de "pobres padres", mirada de "esta niña no nos deja conversar", mirada de "sáquela de aquí", mirada de "qué consentida", mirada de "mira nuestro futuro").

Los montones de tartas fueran la segunda ronda pedigüa. ¿Cómo se combina infección de garganta con cheescake de fresa? ¡Si solo queríamos un poco de fruta! Pedimos pizza. El asunto se iba tornando desquiciante. De pronto me quedé sola en la mesa con la pizza fría, mientras mi chico-novio-esposo iba consolando a la niña que había huido ante la negativa de la comprar el infinito pastel...
¿Habíamos hecho mal? ¿Debimos quedarnos en casa sin tanta tentación pululando cada medio paso? ¿Por qué tantas preguntas mientras la pizza se enfría y el café amarga? ¿Hay algo bueno en todo esto?

Pues sí, sí lo hay, quizá en otro momento, en un mal día, ante una pataleta hubiéramos actuado como se supone que está admitido, con una buena regañina y el castigo, sin embargo, esta vez y -lo más bonito- sin acordarlo con mi esposo, los tres fuimos al parque de juegos.
Mientrás íbamos ella empezó a decir que ya no estaba triste, que estaba feliz. Con esos ojos rojos de la llorera, estaba feliz, con esa sonrisa que busca tu sonrisa, y estaba feliz. Seguramente un psicólogo nos criticaría, ¿no? Pero fuimos felices...
Eso hasta que se orinó en las panties y tuvimos que desnudarla y llevarla a casa entre lagrimones.

¡Qué locura!





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